viernes, abril 4, 2025
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Matucho

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Por: Lorena Chinchilla

Recuerdo un día extremadamente difícil, hace más de diez años. ¿Qué pasó? Como de costumbre, estaba enferma. No podía oler nada, y mis oídos se tapaban con facilidad; la fiebre me mareaba. Estaba molesta porque vivo en un lugar donde el cambio de clima es constante, y soy alérgica a eso. Todo el día estuve lamentándome, ya que no pude ir al colegio a hacer una actividad que realmente quería, aunque la había preparado. Pero, como siempre, estar enferma me impidió divertirme o hacer algo que no fuera estar adolorida y acostada en cama.

Recién me habían cambiado de colegio, y sentía que jamás iba a poder hacer amigos. Eran los dramas de una pequeña niña: no poder ver tu programa favorito, divertirte con amigos o comer dulces. Por desgracia, ya no podía hacer dos de esas tres cosas, pero aún recuerdo muy bien ese día. No porque la enfermedad fuera difícil ni porque el momento fuera extraordinario, sino porque ese día tenía mucho miedo.

El clima, como de costumbre, era tormentoso; los rayos y los truenos rugían como si estuvieran enfadados porque yo no podía ser un poquito más humilde y agradecer que, al menos, el día de mañana podría hablar con mis compañeros y tendría otra oportunidad de hacerme amiga de ellos. Veía cómo el cielo parpadeaba, plasmando esos segundos de luz en mi córnea. Mi madre llegó tarde del trabajo, revisó y se dio cuenta de que tenía fiebre, pero notaba que estaba muy enferma. Susurrándome al oído, dijo:

—Mi amor, no te preocupes, son solo truenos. No nos va a pasar nada malo. Te traigo una buena noticia: tu papá va a poder venir antes del trabajo en San Alberto y te traerá un regalo.

—¿Un regalo? —respondí, pues era muy extraño que él me trajera algo o que tan siquiera pensara en mí—. ¿Y qué es?

—No sé —respondió ella ante mi duda. Era obvio que no sabía qué me traerían, y si lo supiera, dudo que me arruinara la sorpresa—. Pero mientras él llega, mejor duerme, pues debes sudar toda la fiebre.

Quise replicar esa orden, pero la verdad era que aún me sentía cansada y adolorida, así que, mientras ella acariciaba mi cabeza y tarareaba una canción que ya no recuerdo, me envolví en un sueño profundo. Uno de esos sueños que se sienten como un parpadeo, raros en una niña con mucha imaginación pero feliz porque mi espera fue nula. Al volver de ese sueño que no fue sueño, mi papá ya había llegado. Estaba a pocos centímetros de la puerta y mi mamá le estaba reclamando:

—¿Qué es eso? —decía, incrédula, apuntando a una caja.

—La niña dice que quiere un perrito, bueno, esto es una alternativa para sus alegrías —le oí decir a mi papá. Él me llamaba «Mita» de cariño, y la niña, al resto del mundo, y yo los traía hartos de insistir por una mascota. Aunque yo sabía que eso era imposible, pues soy alérgica a los animales, no me impedía rogar por el día en que tuviera un amiguito animal. Estaba obsesionada con el reino animal; era de esas obsesiones infantiles de las que ni los oídos de los desconocidos se escapan. Todo el que me pusiera una pizca de atención se iría a los cinco minutos con más datos de animales de los que podría contar.

Entenderán que, bajo este contexto, yo creía que en esa caja había algún reptil, pues era el único tipo de animal al que no era mortalmente alérgica. Oh, queridos lectores, ni ustedes ni yo estamos preparados para saber qué había en esa caja.

Volviendo a la narración: yo estaba parada en el marco de la puerta de mi cuarto, observando a la distancia sin saber si acercarme o no, hasta que lo oí.

—Mita, abre esa caja —escuché a mi papá. Por la oscuridad de la noche y los truenos que aún me asustaban, no me di cuenta de que había fijado sus ojos en mí. Yo simplemente asentí con la cabeza y me acerqué de a poquito. La lluvia era tan estruendosa como de costumbre, y en la sala no había suficiente luz. Pero esa caja de cartón, con ocho hoyos, jamás la voy a olvidar: estaba mojada por abajo, y no por arriba, a pesar de que mi papá estaba empapado de pies a cabeza. La tapa estaba medio abierta, pues mi mamá le dio el primer vistazo, y en ese momento no sabía qué me daba más miedo: no saber qué se le ocurrió a mi papá darme o la tormenta que estaba azotando Ocaña en ese momento.

Cuando estiré mi manita de niña, para abrir el cartón y la caja se movió, recogí todo el brazo que me había costado tanto valor estirar. Escuchar a mi papá decirme que no fuera boba, que «eso no muerde», no es que me diera mucha confianza. Pero tenía que hacerlo. Era raro que me diera un regalo y no podía despreciarlo, fuera lo que fuera. Con ese pensamiento en mi cabeza infantil, estiré mi manita otra vez, esta vez con más confianza. Y lo que vi era feísimo.

Tenía una pequeña nariz de cerdito, cabellos largos pero escasos, lo que le daba una apariencia de calvo, y estaban en la parte baja de su caparazón. Hablando del caparazón, tenía como siete u once bandas, la verdad no lo recuerdo con certeza. Pero sus garritas largas dejaban en claro que estaban hechas para cavar, y unas orejas del tamaño de su cara. Sus ojos parecían tener más miedo que yo en esta situación, y una colita que en ese momento no noté, pues el animal, como yo, estaba paralizado de miedo y escondía todo lo que podía.

Y si aún te lo preguntas, y mi versión más joven también, me atreví a preguntar:

—¿Qué es eso?

—¿Que no sabes mucho de animales? Eso es un armadillo. Y ahora, gracias a tu papá, es tu mascota.

Desde ese momento, mi mamá comenzó a preguntarse todo lo necesario para cuidar al animalito. Pero dejé de oírla en el instante en que dijo que era mío. Tenía algo que nunca creí tener, y allí estábamos, el armadillo y yo, mirándonos fijamente. Para él, esto debía de ser un lugar extraño, un sitio desconocido donde había sido arrancado de la naturaleza sin saber cuál sería su destino. Para mí, en cambio, él significaba algo que solo había visto en la televisión: una mascota, un compañero, un amigo que no me trataría mal ni me lastimaría, porque a veces los niños pueden ser crueles.

Poco a poco, reuní el valor que no tenía para estirar mis brazos hacia donde él estaba. Su reacción fue esconderse, y cuando me acerqué, me di cuenta de que él tenía más miedo que yo. Quería ayudarlo, demostrarle que no era mala. Mi papá, al vernos, se agachó mientras seguía hablando con mi mamá, lo tomó en sus manos y me lo entregó, preguntándome cómo iba a llamarlo. Quiero dejar en claro que era una niña pequeña, y para mí, cualquier combinación de letras bastaba para inventar un nombre exótico. Así que, sin ningún significado especial, lo llamé Matucho. Y ese, queridos lectores, fue el comienzo de algo muy hermoso.

Había encontrado a mi primer mejor amigo. Con el tiempo, él fue encariñándose conmigo. No puedo decir que fue difícil al principio, porque yo le dedicaba todo mi tiempo: lo alimentaba, lo consentía y lo cuidaba. Nos volvimos inseparables. Con él, asusté a todo el mundo que se acercaba, pues nadie estaba acostumbrado a un animal tan exótico. La gente que lo veía tenía miedo, y yo lo cargaba con una familiaridad única. Cada vez que alguien se me acercaba, lo llevaba en mis brazos y lo mostraba; las personas decían: “No, no, aléjemelo, por favor”. Y como dije antes, los niños pueden ser crueles. Yo lo acercaba aún más, y sabía que a él también le gustaba asustar a las personas. Nos reíamos maliciosamente de todos los que asustábamos; jugábamos todas las tardes. Y aunque rogaba a mi mamá, no me dejaba dormir con él en la misma cama. Pero siempre se quedaba a mi lado, y cuando tenía pesadillas, verlo ahí me calmaba…

Pasamos tanto tiempo juntos. Recuerdo que en el preescolar tuvimos que hacer un zoológico de mascotas. Yo era la más emocionada, porque por fin iba a mostrarle mi armadillo al mundo. Y debo admitirlo, Matucho estaba feliz con tanta atención. Siempre estuve muy orgullosa de él. Díganme ustedes, ¿cuántas niñas pueden presumir de que su primera mascota fue un armadillo?

Matucho también me dio algo de popularidad en el colegio. No era la niña más querida del salón; siempre me vieron como la rara, y generalmente estaba sola. Quizá era mi culpa, o quizás de ellos, o un poco de ambos por ser tan inmaduros. Lo único que sé es que Matucho fue mi primer amigo, y éramos dos seres raros haciéndonos compañía.

Cuando yo dibujaba, él se colocaba a mi lado y se hacía bolita. Recuerdo su naricita de cerdito olfateando todo, explorando la comida nueva que no entendía pero al final devoraba. Sus orejitas estaban atentas a cualquier ruido que yo hacía, sus garras haciendo un sonido único al caminar sobre el suelo de mi casa en esa época. Y su olor… algunos decían que olía a polvo, pero era un olor muy característico. No diré que olía mal, solo que aún lo recuerdo. Como recuerdo su mirada, la felicidad que irradiaba cada vez que lo acariciaba en el entrecejo. Cerraba los ojitos y movía la colita de un lado a otro mientras lo hacía. Y cuando me detenía, él se acercaba y volvía a acurrucarse junto a mí.

Éramos inseparables, hasta que la vida nos separó. Por razones fuera de mi control, tuvimos que hacer un viaje a Venezuela. No era obligatorio, pero mi abuela quería que sus nietos visitaran a su hermano, y aunque yo quería negarme, nadie escuchó. Me prometieron que al regresar, podría sacarlo a pasear con un arnés que mi madre había comprado. Accedí y, antes de irme, le supliqué a mi mamá que cuidara bien de Matucho, y ella, con una sonrisa y cansancio en los ojos por mi insistencia, me aseguró que lo haría.

Durante el viaje, descubrí muchas cosas: que en Venezuela la moneda es el bolívar, que la yuca con carne es deliciosa, y que las viñetas de Condorito son divertidísimas. Todo eso quería contárselo a Matucho, quería hablarle de todas las cosas que me habían gustado. Todos en el viaje sabían lo mucho que él significaba para mí.

Una noche antes de regresar, llamé a mi mamá. Ella me dijo que él estaba un poco enfermo, pero que ya le estaba dando medicina. Eso me tranquilizó. Al día siguiente, emprendimos el viaje de regreso. Aún recuerdo la desesperación por llegar; cada parada en el camino se me hacía eterna.

Finalmente, llegamos en la tarde. La alegría que traíamos se disipó cuando vi la expresión de mi mamá. Al bajar del carro, corrí a saludarla, y aunque me recibió en un abrazo, se apartó y se agachó para mirarme a los ojos. Todos los niños saben que cuando un adulto te mira así, es algo serio, y yo no estaba preparada para ese momento. Antes de que hablara, le pregunté si Matucho ya estaba mejor.

Ella, con tristeza en los ojos y voz suave, me dijo: —Hija, Matucho estaba muy enfermo esta mañana…

Mi corazón se encogió. Aún con esperanza, pregunté: —¿Lo llevaste al veterinario?

Mi madre continuó: —Fui a revisarlo, pero él ya no se estaba moviendo…

Me envolvió un dolor indescriptible. Con lágrimas en los ojos, pregunté: —¿Dónde está?

Mi mamá me explicó que ya lo había enterrado. No pude contener la frustración y la tristeza, quería despedirme, decirle adiós. Ella intentó consolarme, pero me aparté y corrí a buscarlo en cada rincón de la casa. 

“Te busqué por todas partes, nunca dejé de buscarte… porque yo era una niña que tenía miedo de estar sola otra vez”.

Los días pasaron. Preguntaba constantemente por su lugar de descanso, pero mi mamá no quería responderme. Al principio fue comprensiva, pero luego perdió la paciencia. No entendían que lo único que quería era despedirme.

Mi mamá, en un intento de consolarme, me explicó que algunos animales, al encariñarse mucho, dejan de comer y de vivir cuando sus dueños no están. Me dijo que él había muerto de tristeza. Aunque sé que tenía buenas intenciones, lo único que escuché fue: “Yo lo maté”.

Años después, entendí que no fue mi culpa, pero también que no había nadie a quien culpar. Él murió en la mañana mientras yo llegaba en la tarde, y aunque mi mente infantil no podía comprenderlo, su ausencia fue como una herida que cargué por mucho tiempo.

Era tan egoísta que preferí hacerle un arnés para llevarlo de paseo antes que pensar en su bienestar. Esa decisión me perseguía, y aunque me dolía, sentía vergüenza de llorarlo, de siquiera mencionarlo. Después de su partida, ya no lloraba, pero tampoco hablaba mucho. No sé si estoy logrando explicar lo intenso de aquel momento, pero para mí, Matucho era más que una mascota. Era mi único amigo y compañero.

Mi papá trabajaba todos los días de la semana, y solo lo veía los fines de semana. Mi mamá, por su parte, pasaba horas interminables en el hospital. A veces, mi tía, mi abuela o alguna niñera me cuidaban, pero la mayoría del tiempo me sentía sola, especialmente cuando enfermaba y debía faltar a la escuela. La llegada de Matucho transformó por completo mi vida. Ya no estaba sola; tenía otro ser a mi lado. Aunque no hablara, sus ojos me miraban con tanto cariño que sentía que entendía todo de mí, y yo de él. Era como si pudiéramos leernos la mente. Su presencia era suficiente para llenar mi corazón de alegría. Pero él ya no estaba, y yo volvía a sentirme sola.

Con el tiempo, dejé de hablar de Matucho. Solo mencionaba de vez en cuando que él había sido mi primera mascota, pero me sentía demasiado culpable para expresar lo mucho que lo quería. Ese sentimiento de culpa se fue haciendo grande en mi corazón, y aunque llegué a querer a otros animales, nunca sentí la misma conexión.

A medida que crecí, empecé a comprender mejor esos sentimientos tan complejos. Me di cuenta de que su muerte no fue por mí como tal, sino que, de alguna manera, fue su amor lo que lo debilitó. Entender esto me ayudó a dejar de culparme, pero, aun así, deseaba poder señalar un culpable para sentirme distinta respecto a su partida. Pero no había nadie a quien culpar.

Como ya saben, el destino de su cuerpo fue un misterio durante años. Pasaron seis años hasta que reuní el valor de preguntarle a mi mamá qué había sucedido con Matucho. Con toda inocencia, mi mamá respondió que no lo había enterrado; en cambio, lo había arrojado al río cercano a nuestra casa.

En ese momento, no reaccioné. No sentí la necesidad de correr al río ni hacer algo al respecto. Pero desde entonces, cada vez que paso por ese lugar, pienso en él. En el fondo de mis pensamientos, le hablo y le deseo que esté en paz, en donde sea que esté ahora.

a veces la vida nos arranca a quienes queremos sin aviso, sin darnos tiempo para prepararnos. Esa tarde, mientras yo volvía emocionada, él murió en la mañana. La distancia había hecho estragos en él, y, aunque era solo un pequeño armadillo, nuestro lazo era tan fuerte que su ausencia fue capaz de hundirlo en la tristeza.

Al paso de los años, entendí que su amor y lealtad eran tan grandes que, sin mí, se fue apagando. Lo que no podía comprender entonces, siendo una niña, era que yo tampoco me había preparado para perderlo. No podía entender que, en algún rincón de mi alma, siempre llevaría el dolor de su partida. Aquel ser extraño y único que me había acompañado en mis primeros pasos de independencia, en mis momentos de miedo y soledad, se había ido. Y con él, una parte de mí se fue también.

No pude despedirme de él como hubiera querido. Mi madre, con buenas intenciones, intentaba protegerme de la crudeza de la situación, pero el no saber dónde estaba, el no poder llevarle una flor o decirle adiós, hizo que su pérdida pesara aún más en mi corazón. Y aunque su recuerdo se fue volviendo borroso con los años, su ausencia y todo lo que significó para mí siguen allí, como un eco que a veces resuena cuando veo a otros niños con sus mascotas, cuando escucho el rasgueo de unas uñas en el suelo o cuando siento que el mundo se vuelve un poco más solitario.

Cada vez que pienso en él, aún puedo verlo en mi mente, con su pequeño hocico olfateando el aire, buscando descubrir el mundo a mi lado. Puedo sentir la suavidad de su caparazón y recordar su mirada curiosa, su forma de acercarse a mí y hacerse bolita, como si en ese gesto encapsulara toda la ternura que nos unía. Aunque ya no esté físicamente, Matucho sigue siendo mi amigo, y lo será siempre, en ese espacio silencioso y profundo de mi memoria, en donde guardo todas aquellas tardes de juego y travesuras, y la risa que compartimos asustando a los demás.

Este es el tipo de recuerdo que permanece, aunque el tiempo lo vaya suavizando. Es un lazo que perdura, que me enseñó desde pequeña lo que significa amar y perder. Porque, en el fondo, quizá Matucho no fue solo un armadillo. Fue mi primer amigo, mi compañero de vida en una etapa en que la soledad se siente inmensa y el mundo demasiado grande. Y aunque ya no puedo verlo ni tocarlo, él vive en cada rincón de esos momentos compartidos, en el amor que fue capaz de darme y que, en su silencio, me sigue enseñando que algunos seres llegan a nuestras vidas solo para mostrarnos cuán profundo puede ser el cariño.

Es en esos momentos de nostalgia, cuando miro atrás y repaso aquella historia que fue nuestra, que me doy cuenta de algo: a veces, las despedidas quedan incompletas, y eso también es parte de la vida.

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